David Syre
Mapas del alma: un viaje interior

Las obras presentadas por David Syre, inspiradas en nuestro Sur Argentino, cuentan una historia y crean un diálogo entre la naturaleza y su espíritu curioso.
Sus dibujos, pinturas y esculturas son la huella que va dejando a través de su camino. Son el lenguaje que utiliza para hablarnos de la importancia para el ser humano de reconocerse parte de un Todo y alcanzar la iluminación.
La obra artística no siempre es el objetivo, pero sí es la consecuencia de un pensamiento, de un sentimiento, de un anhelo. David hace años que está inmerso en una búsqueda de conocimiento personal profundo, ese es su objetivo y cada una de sus exhibiciones es el resultado de ese proceso.
Fruto de su espíritu observador son sobre todo sus dibujos. Con trazos seguros y pocas líneas logra imágenes muy expresivas y otras veces con trazos caóticos, enérgicos, casi confusos e inquietantes, incomprensibles para la razón, llega a lo surreal. Su caos no es total, siempre las imágenes terminan en un equilibrio que no altera al observador sino activan su curiosidad.
Sus pinturas, con contrastes de formas y contrastes de colores dan origen a diferentes climas, nacen del diálogo permanente entre subconsciente y construcción. Algunas obras nos acercan a otro estado de consciencia, a imágenes oníricas, arquetípicas, buscan la esencia.
Escaleras que elevan el espíritu hacia la luz, círculos que encierran lo que se está gestando, luz que brota de sus centros. Es su visión espiritual y optimista del ser humano como un individuo que a pesar de sus tropiezos camina hacia la perfección.
En esencia, la obra de David no surge de la razón sino del centro de su Ser, es un acto visceral no intelectual, es el reflejo de su interior.
Ana Palacio
Curadora
 
David Syre, (1940) es norteamericano, reside y trabaja en Bellingham, estado de Washington, Estados Unidos
 



DAVID SYRE: EL ARTE COMO EXPERIENCIA DE TRANSFORMACIÓN

A los 74 años, el estadounidense David Syre se​ ​convirtió de hombre de negocios en artista. Días antes​ ​de inaugurar su muestra en Buenos Aires, explica​ ​cómo y por qué.

● Revista Ñ - ● 24 Nov 2018

● POR EDUARDO VILLAR

 

El arte –dice– debe ser una experiencia transformadora, algo capaz de convertir a las personas, y por lo tanto al mundo, en algo mejor. Con variaciones y matices, la idea aparecerá varias veces en la charla que David Syre tiene con Ñ en una soleada mañana de noviembre en un bar de Recoleta.

Syre lo sostiene con la serenidad y la convicción de alguien a quien el arte ha marcado un antes y un después. Como en la de todos, hay muchos antes y después en la vida de este self made man nacido hace 78 años en el noroeste de los Estados Unidos, cerca de la frontera con Canadá. Pero hace cuatro años vivió una experiencia que convirtió al hombre de negocios que había sido siempre en el artista que es ahora y que el próximo miércoles inaugurará Mapas del alma: Un viaje interior en Mundo Nuevo Gallery Art. No es su primera muestra individual: antes de las 25 pinturas de gran formato y dibujos que veremos en la galería de Recoleta, Syre mostró su trabajo en las galerías Vendome de Niza (Francia) y Ellsworth de Santa Fe (Nuevo México, Estados Unidos) siempre con la curaduría de la argentina Ana Palacio. Syre planea además regalarle al mundo – son sus palabras– un sendero de arte que unirá los océanos Atlántico y Pacífico en Tierra del Fuego, lugar que conoce desde hace décadas por sus actividades como hombre de negocios. “The Peace Trail” (Sendero de la paz) tendrá más de 200 kilómetros de largo y en su recorrido, cada nueve kilómetros (“el 9 es un número sagrado”, dice), se emplazarán esculturas e instalaciones suyas y de otros artistas. Lo sagrado es algo que aparece sin énfasis pero con frecuencia en la conversación con este hombre que lleva cada uña pintada de un color diferente y usa unos anteojos (confiesa tener no menos de 1.500) que a simple vista podrían parecer de juguete y que acentúan su aspecto un poco infantil. Alguna conexión con lo sagrado tiene también –más allá del número capicúa– su idea de inaugurar “The Peace Trail” el 2 de febrero de 2020 (02-02-2020) y la gran escultura en cuyo diseño trabaja desde hace meses para instalar en ese camino austral: “We are One” (Somos uno), síntesis de su viaje a través del yoga tántrico y los elementos comunes a las diferentes religiones del mundo. Cuando menciona el título de la obra, el cronista le pregunta si nunca le han dicho que se parece un poco a Adam Clayton, el bajista de U2, la banda de rock entre cuyos hits está “One”. Pero Syre jamás ha oído hablar de U2 o ni de Clayton. Para entender cabalmente el cambio relativamente reciente de este hombre conviene saber que creció en una familia luterana, en un ambiente autero y estricto en el que era impensable una vocación artística. “En mi familia no podía haber artistas. Ni siquiera podía considerarse esa posibilidad,
teníamos que trabajar”, dice. Ya adulto, Syre jamás se apartó de su carrera como hombre de
negocios y se mantuvo completamente al margen de los movimientos contraculturales en los que participaron muchos de su generación en los 60 y 70. Pero –decía Rubén Blades– la vida te da sorpresas: apenas repuesto de un traumático divorcio, Syre encontró nueva compañía en Becci, que lo introdujo en el mundo de Burning Man, extravagante y bizarro encuentro anual que tiene su sede en el desierto de Nevada. El estallido visual de esa suerte de feria de surrealismo posmodernista fue un antes y un después en la sensibilidad de Syre.

“Fue algo absolutamente conmovedor – recuerda–. Me rendí a los pies de Burning Man. Amé a la gente y a la creatividad que ponen en todo. Donde quiera que vayas allí, el festival te lleva al
abismo de los sentidos. Allí encontré para mí una nueva clase de libertad. Por eso es que llevo
colores en mis uñas. Es una forma de recordarme a mí mismo que hay que ser siempre creativo y estar siempre al límite”, señala. No fue, sin embargo, algo tan repentino: Syre ya fue a nueve Burning Man, pero su entrada activa en el mundo del arte se produjo en la edición de 2014. Allí estaba un día en pleno desierto haciendo dibujos y regalándoselos a quienes pasaran a su lado, cuando un fotógrafo de Vancouver se detuvo a conversar con él y a tratar de convencerlo de que tenía un gran talento y debía dedicarse al arte. “Le respondí que no, que ya tenía 74 años y que ya estaba viejo para aprender algo nuevo. Pero fue muy muy insistente y logró convencerme de que recorriera galerías de arte hasta encontrar un artista con el que identificarme. Encontré a ese artista –en realidad una mujer–, le compré un par de obras y me enseñó algunos rudimentos técnicos con los que me largué a pintar”. Fue el comienzo, pero el cambio verdadero se produjo cuando alguien le recomendó que viajara a Francia y conociera la pintura de Matisse. Ese fue el encuentro fundamental, que de alguna manera lo estimuló y le dio confianza y seguridad en lo que hacía. Sin embargo, la conversación con Syrew vuelve siempre al tema de la transformación que produce el arte. Por momentos la palabra es renacer, por momentos, resurrección, cuya sonoridad es definivamente más religiosa. Si se le pregunta si es un hombre religioso, responde que no, que es espiritual. Y si se lo apura con el significado de espiritual, se desliza hacia amplitudes semánticas inabarcables. Casi todo es o puede ser espiritual. Y entonces la charla deriva nuevamente hacia “The Peace Trail” y la idea de que todos somos uno en la diversidad:

todas las nacionalidades, todas las religiones, todas las etnias y los géneros, y que la única
manera de salvarnos es amarnos los unos a los otros. Hay en la conversación una historia cuyo significado parece pasarle casi inadvertido. Cuenta que tuvo polio a los 4 años y recuerda –dice recordar– a una enfermera diciéndole a su madre que no había remedio, que su hijo, él, iba a morir. Y que no murió. Fue la primera resurreción de David Syre. Ahora, desde hace 4 años, vive otra, quizá la definitiva, que lo convierte por fin en quien es: este hombre que espera
transformarnos con su arte a partir del próximo miércoles .