Ariel de la Vega
Pinturas y Dibujos Negros

Esta su segunda muestra en nuestras salas, es el resultado de cuatro años de intenso trabajo y de una búsqueda interior. Oleos y dibujos sobre tela conforman “Pinturas y Dibujos Negros” grande, mediano y pequeño formato en ambos casos, dan cuenta del dominio del artista en el dibujo, técnica que lo hizo merecedor de dos Menciones en el Salón Nacional de Artes Visuales (2013 y 2016). En la pintura cuerpos, rostros, arquitecturas y figuras son los protagonistas en un maravilloso universo de color. En tanto que en los dibujos la superficie negra da lugar a la línea blanca creadora de imágenes, y en dos obras como “Los magos” y “Niño” el azul cobalto ilumina la oscura superficie dándole a las obras una mágica luminosidad.
“Siempre creí en mi dibujo y mi arte que son mi herramienta, mi oficio. Mi forma de reír, de llorar y de sembrar. La poesía con la que canto a un universo que pasa casualmente frente mí.
Percibimos nuestros cambios, transformaciones. Así, dejamos atrás nuestros cuerpos, nuestras pieles, damos lugar a un ciclo que forma parte de una tragedia divina de la que formamos parte involuntariamente.
Trazamos nuestro camino con huellas, dejamos un tendal de pensamientos desparramados como líneas y tratamos de rearmar el cuerpo pasado, objeto de lo que creíamos ser. El espacio poético puede ser el campo en donde se libran las batallas de nuestra vida ordinaria, el deseo de vencer nos hace perder todas y cada una de ellas, ya que no nos está dado el retener por siempre. Si, el rehacer. De esta manera define su obra Ariel de la Vega.
Hasta el 26 de octubre. De lunes a viernes de 12 a 20. Sábados con cita previa

Texto de Luciana Martínez Bértoli:

Acerca del ser:
Del caos aparente a un apacible hombre de detalles cuidados, de enérgico hacedor a sosegado observador, un narrador incansable y silencioso oyente, sensible autor y sanador de obras, migratorio ser en busca de nido, nutrido de experiencias e historias, transeúnte de esta vida en gravitación constante, a la búsqueda de trascender.

Acerca de la obra:
Rasgar el velo, adentrarse en su particular mundo. La ilusión de la comprensión inmediata desilusiona, hay aquí una atracción punzante de puros interrogantes, espacios cargados de vacíos latentes, líneas que se desplazan impolutas de dictámenes formales artífices de constelaciones infinitas. Reminiscencias a viejas culturas, mitologías, signos absolutos, figuras que irrumpen sutilmente los espacios fijando relaciones ocultas y sonoridades disfrazadas de tonalidades ilimitadas.
Dos recursos pueden ordenar el análisis de la obra –el vacío y el tiempo-, que como vehículos del discurso o como premisa mentirosa, el artista se sirve de ellos para instaurar una nueva relación de significación, una aparente respuesta a la problemática existencial del ser.
Creo oportuno citar este pequeño párrafo del libro “Vacío y Plenitud” de Francois Cheng:
…“Pues al poseer el vacío y al identificarse con el vacío originario, el hombre es la fuente de las imágenes y de las formas. Percibe el ritmo del espacio y del tiempo; domina la ley de la transformación.” (Francois Cheng)
Así, aventurándose sobre los límites de la propia representación y predisponiendo de los enlaces que se establecen entre las manifestaciones reales y aparentes, Ariel se vale de su fuente y como artífice de su propio lenguaje nos ofrenda un microcosmos en mutación constante.
Como él mismo lo manifiesta y queda plasmado ante nuestros ojos, en su hacer siempre procuró diferenciar la pintura del dibujo. El modo de plasmar ciertos pensamientos solo se hace viable si van dotados del cuerpo de cada material, de la técnica determinada y es ahí donde aparece la inevitable disparidad.
Las polaridades que presentan sus dibujos son esencialmente dispuestas y representadas en un estado material efímero y volátil.
Focalizar el vacío, personificado en el negro, de dominio casi absoluto en el cuadro, pesa y compite con el nacimiento de la forma, a la vez que nos sitúa en una confusa oscuridad sin límites, ni referencia.
En contraposición la pintura se construye formalmente desde la corporeidad que aboga intransigente una presencia absoluta, en ella sistemáticamente encontramos un acto sin acto, la superposición inestable de signos liberados, descomponiéndose y recomponiéndose, donde la figuración como único recurso para la identificación, oscila en demostrarnos que solo somos, sustancia sin cuerpo, una insustancial presencia.
Solo el tiempo es la congruencia que fusiona ambos lenguajes, a medida que nos integramos al campo de la representación y el sistema simbólico nos absorbe se perfila el fenómeno del umbral donde nos es arduo asignar un punto inicial, donde la permanencia es solo ilusión y la trascendencia una quimera.
El círculo se cierra… la concentración de recursos y las estrategias del lenguaje propio aparentan haber sido interpretadas y son virtuales canales para peregrinar en los enigmas que se ubican del otro lado. La difusa distancia entre el arte y la vida sigue siendo un argumento, es Ariel quien plantea la hipótesis y nos libera el terreno para volver a pensar el mundo.
Todo su ser no es otra cosa que lenguaje perenne.