PRIMAVERA

Roger Mantegani

Roger Mantegani – Sobre “Introspecciones II”
“(…) contemporáneo es aquello que mantiene la mirada fija en su tiempo, para
percibir, no las luces, sino la oscuridad. Todos los tiempos son, para quien
experimenta su contemporaneidad,oscuros.”
Giorgio Agamben, “¿Qué es lo contemporáneo?”, en Desnudez, (2014)

 

 


Entro al taller y me recibe una atmósfera cargada de emocionalidad a flor de
piel. Todo en el espacio está marcado, transitado por el hacer del artista que
me habla de un trabajo incansable, de una lucha equilibrada entre la pintura
que manda y la mano que obedece, entre la materialidad pura y la pasión que
se contiene por no irrumpir abruptamente, enmascarada entre símbolos
reconocibles en su factura, como intentando calmar una vehemencia urgente a
punto de explotar. Y su fuerza logra escapar a la razón más de una vez y se
manifiesta poderosa en el grafismo desbocado que hace acto de presencia en
fugaces gestos expresivos del orden de lo incontrolable.


La obra de Roger Mantegani, desarrollada en tiempos de Pandemia, tiene
preferencia por ciertos “opuestos complementarios” que se manifiestan
contrastantes aún cuando percibimos, tal cual nos tiene acostumbrados el
artista, una armonía en el todo. Emerge la paleta anclada en la tierra con
predominancia de los colores cálidos que remiten a materiales plásticos nobles
tales como los pasteles, los cuales se asocian con la densidad de la carbonilla
y el óleo - este último reservado casi exclusivamente a una única pieza de
formato grande-, para crear situaciones inciertas habitadas por cuerpos
suspendidos o apoyados en lugares sin referencia espacial a prima facie
reconocible. Son cuerpos sin rostros definidos, no son nadie o, volviendo a ese
juego de “opuestos complementarios”, somos todos. En medio de un relato
figurativo, lenta y paulatinamente el espectador empieza a sumergirse dentro
de un corpus de obras que pasan del formato grande, donde aparecen por
ejemplo los trípticos complejos con despliegue de la acción de un trabajo a otro
conformando una secuencia inseparable, a reclinarse, de repente, sobre unas
solitarias y pequeñas -muy pequeñas- piezas monocromáticas que reclaman
protagonismo dentro de un escenario donde defienden su lugar estoicas, en
esa convivencia de energías de una intensidad abrumadora.


Los papeles abundan, las telas son minoría. El papel es por lo general un
formato que remite a un espacio íntimo, sutil, delicado. A veces los artistas
despliegan allí bocetos y estilizaciones que consideran menores; es la
honestidad brutal que en esa impronta se revela, la cual por momentos se
reprime y silencia frente a la solemnidad de la tela blanca, como si ese
pequeño espacio resguardase la potencia de lo indecible que luego se teme
poner a la vista de todos. En este caso, Roger Mantegani eligió presentar en el
papel un estado de shock, un impacto inesperado, el dolor frente a la
imposibilidad de tomar contacto con una vida anterior al confinamiento, la
pérdida de una cotidianeidad que se desvaneció pero que no desapareció sino
que logró colarse en las entrañas de su estudio y llevar hasta allí la oscuridad
de la noche, su fiel compañera, a la cual accede, paradójicamente, solamente
durante el día al reponerla en la soledad de su espacio creativo.


El círculo siempre vigente como campo magnético, como figura perfecta que
evoca cierta armonía desencajada; los instrumentos musicales silenciados tal
como los ruidos de las calles, ausentes. Una bruma sobrevuela las obras y
arrastra cualquier referencia espacio-temporal. Sin anestesia ante la angustia
provocada por la incertidumbre, el artista habilita que los personajes sin
nombre se muestren en sus movimientos y posturas a veces arrebatadas, a
veces reflexivas y apaciguadas formando un compacto de emociones
encontradas: es el grito, es el llanto, es la aceptación, es la entrega, es volver a
pensarse frente a la adversidad.


Me quedo con la imagen de un hombre que se reclina sobre la orbe. Un
personaje de factura inquietante que apoya o esconde su cabeza al pie de un
mundo detenido, sin eje, sin pedestal, sin sostén. Pero quiero imaginarlo en un
rezo íntimo, en un estado introspectivo que lo aleja de la locura al poder
expresarse activamente, aun en la aparente calma del “no hacer activo” que
implica esa comunión interior con los pensamientos. Y desde ese lugar, el
contemporáneo que describe Agamben, registra a su entorno y lo pone de
manifiesto, exponiendo un estado de situación, la crónica de un aquí y ahora
que no siempre es feliz pero sí enriquecedora cuando se acepta mirarla de
frente y hacer lo necesario para atravesarla sin quedar atrapado en el camino.
El artista enfrenta su contemporaneidad, la nuestra, pintando. Parafraseando a
Cortázar, si la forma para matar a un monstruo es enfrentándolo, quien mira las
obras de Roger Mantegani se acerca a la posibilidad de darle una voz sin
palabras a sus propios demonios y, al reconocerlos, romper el hechizo.

 


Lic. María Carolina Baulo, Octubre 2021